¡Calor!
Ah, el verano en Vancouver. Tengo que confesar que me reía sola cuando contaba que nuestro baby nacería en septiembre y me llegaban miradas de lástima y palabras de aliento por el veranito que iba a pasar. Me reía, porque el verano en Vancouver dura prácticamente un mes (julio) y las temperaturas son bastante moderadas. En días de mucho calor el termómetro sube a 24ºC. El agua de mar es gélida (para mi gusto) y por eso las piscinas al aire libre son temperadas (sí, en pleno verano). Hasta hace poco, yo era feliz yendo a yoga dos veces por semana, a la piscina después del trabajo, luciendo mi panza gigante al sol y deseando que el verano no se acabara nunca. Hasta hace poco, no sabía lo que era tener los pies hinchados o no poder dormir por el calor. Hace unos días, en cambio, lo único que quiero es que llueva y que el sol se ponga más temprano.
Desde la semana pasada estamos con una ola de calor en Vancouver, con temperaturas sobre los 30ºC, humedad altísima y, gracias a eso, una sensación térmica de 40ºC. Ah, ¿mencioné que no hay nada de viento? El calor se siente al sol y a la sombra; además, no existe una cultura de aire acondicionado en las casas porque la temperatura nunca sube tanto y menos se mantiene por tantos días seguidos. Estuve trabajando tres días desde la casa porque no podía salir ni a la esquina y ahora estoy yendo a la oficina sólo por la mañana para evitar el calor del bus a las 4:30, un infierno. La gente anda de mal genio porque no hay forma de dormir en la noche; nosotros estuvimos a punto de instalar la carpa en el patio. Me tuve que olvidar del yoga e incluso de la piscina, porque la fila para entrar es eterna.
Cada cual se las arregla como puede para combatir el calor, aunque debo confesar que, hasta ahora, hay dos prácticas que me han llamado la atención. La primera, es algo que vi el otro día cuando tomé el bus en la mañana en dirección al trabajo: en el balcón de una casa había un tipo durmiendo, tan relajado, que hasta tenía una pierna colgando por la baranda. Fue hasta simpático y me dieron ganas de haber tenido balcón para hacer lo mismo. La segunda historia es un poco más terrorífica: una señora en el bus saca una toalla pequeñita de su cartera y ¡se la pasa por las axilas! Unas dos veces por lado. Lo peor de todo es que no terminó ahí, sino que después se la pasó por la cara y el cuello. ¿Por qué tenía que hacerlo en el bus, a vista y paciencia de todo el mundo? ¿Necesitaba un público gratuito? O por último, ¿por qué no se le ocurrió limpiarse la cara primero y las axilas después? Parece que el calor realmente confunde las ideas. Como decía, ojalá llueva pronto.




























































