viernes, 7 de diciembre de 2012

Invisible

Invisible... o casi. Al menos esa es una de las reglas básicas de Internet: si no te ven, no existes. Y como escribo tan de vez en cuando, cualquiera que estuviera siguiendo estas líneas en mi blog, seguro se aburre y no viene más. Y me gusta. Eso de poder escribir lo que me dé la gana sin tener a nadie opinando es lo más cercano a haber hecho el blog cerrado. Y la verdad-verdad, me da lo mismo si alguien lo lee o no

Hace poco me tocó viajar. A Chile, por esas coincidencias de la vida. ¿Hay algo más rico que viajar por la empresa, con los gastos pagados, al propio país? Una delicia. Segunda vez que viajo en el año, esa vez fueron dos semanas que se me hicieron cortas y eternas al mismo tiempo. Está bien. Qué rico es ver de nuevo a la familia y a los amigos incondicionales que, si no tienen el tiempo, se lo hacen para verme un ratito. Qué rico es darse esos gustitos gastronómicos y pasear por lugares que alguna vez fueron conocidos y ahora se siente como si los estuviera visitando por primera vez. Qué rica esa sensación de anonimato, de confundirse con la masa y ser turista al mismo tiempo. 

Santiago está cambiado. Ahora es una ciudad enorme, con aires de grandeza, con carreteras por todas partes, construcciones que se expanden e invaden el paisaje. Gente que trata de escapar de la ciudad y no puede. Viajan en promedio una hora al trabajo y otra hora de regreso, todos los días, pero no importa. Si al final, Santiago sigue siendo Chile, donde están las oportunidades. Demasiados autos, demasiadas casas, demasiada gente para un sistema que no da abasto. Por alguna razón, los centros comerciales nunca son un exceso. ¿Tan buena estará la economía? Por favor, no me lleven a un mall, ni a Borderío, ni al Starbucks, ni a ningún lugar de adoración de cultura gringa. Sí invítenme a comer un buen chacarero, a pasear por la plaza del barrio, al museo, a caminar por calles con historia. 

Me tocó ir a un par de reuniones en pleno centro de la capital. ¡Qué cosa más entretenida! Ver al lustrabotas, el kiosco, la tienda de dulces, la panadería de barrio; el carrito de mote con huesillos, la gente caminando apurada de un lado a otro y el señor en la plaza dándoles de comer a las palomas. Qué rico es ser actor y espectador en una ciudad tan llena de vida. ¿Me sentí turista? Totalmente. El broche de oro fue cuando alguien me preguntó dónde aprendí tan bien el castellano, porque definitivamente el acento chileno ya lo perdí hace rato. Me "neutralicé". ¿Será bueno o malo? No lo sé. Lo único que tengo claro, es que para mí Santiago es una ciudad más, cada vez menos propia y la verdad-verdad, no me complica en lo más mínimo. 

jueves, 16 de agosto de 2012

Arena y sol

Decidimos hacer una locura. Considerando que Delta estaba en plena búsqueda de trabajo y yo tenía algunos días de vacaciones a principios de julio, decidimos que la plata que más se disfruta es la que se gasta. Sacamos algunos ahorros y nos fuimos a Jamaica. Fue la mejor decisión que pudiéramos haber tomado, sobre todo que era uno de esos resorts todo incluido. ¿Cómo no se nos ocurrió ir antes? Días eternos de sol, el mar deliciosamente tibio, desconectados del resto del mundo. Fue una semana que se nos hizo corta y quedamos con ganas de volver. 

No me compré las zapatillas que quería y me dio lo mismo. Además, cuando volvimos ocurrió el milagro: el señorito chico, ad portas de los tres años, empezó a dormir POR FIN once horas de corrido en la noche. Casi lloré de la emoción. Volví a tener vida, me di cuenta de que a las 9 de la noche todavía está claro, empecé a ir al gimnasio mientras Delta acuesta al chiquitín y después celebramos con un buen roncola, jamaiquino, por supuesto.
Esto sí que es vida (al fin).

sábado, 9 de junio de 2012

Ganas

Hoy me dieron ganas de volver a esa vida sin planificar, en que uno estaba disponible según la conveniencia del carrete o de la compañía. De salir un viernes y volver un domingo. De comer papas fritas y tomar coca cola al desayuno. De dormir hasta las 4 de la tarde. De pasar un día entero en pijama sin que nadie reclame.

Hoy me dieron ganas de decir: "¿vámonos a la playa?", cerrar la casa y partir. De leer un libro en el parque hasta el atardecer. De ver cine arte. De almorzar a las 3 de la tarde y cenar a las 9 de la noche.


Hoy me dieron ganas de usar zapatillas Converse con pantalones pitillo. De volver a correr. De ir a mi clase de yoga a la hora que me dé la gana. De tomarme un roncola, salir a bailar y volver a la casa en el último bus, cuando nos echen el local.


Hoy me dieron ganas de ser soltera. Sin compromisos, sin responsabilidades. Sin nadie que opine ni meta la cuchara en mi metro cuadrado... aunque no sé hasta qué punto esto sea posible. Mientras tanto, capaz que me compre unas Converse. Todo sea por la salud mental.

viernes, 18 de mayo de 2012

Yoga

Mi vida ha sido un CAOS últimamente... la verdad es que siempre ha sido un poco caótica, pero esta vez se merece las mayúsculas. Por ejemplo: aparte del estrés típico que no vale la pena detallar, Delta, desde que se graduó de la universidad, está con parálisis cerebral. Obviamente no la de verdad, pero algo debe tener que le impide pensar con claridad y buscar trabajo activamente. Está literalmente paralizado, con decir que le tomó cinco meses redactar su currículum y postular a un trabajo. Uno solo. En fin. Mientras él es el que debería estar haciendo yoga, al final voy yo por salud mental. Ohm.

El otro día fui a una clase con un profe nuevo, que no me había tocado. El único puesto libre en una ubicación más o menos decente era justo al frente del profesor. Mejor, pensé, para seguir las poses con más atención. Todo bien, música suave, luz tenue, relajación máxima, bien. Nos ponemos de pie y empezamos con el saludo al sol; estiramos los brazos tratando de alcanzar el cielo y ¡horror! El profe usa una camiseta sin mangas y al subir los brazos se le ven absolutamente todos los pelos de las axilas, en gloria y majestad. En primerísimo plano. Mi sensación de paz mutó a sufrimiento cada vez que venía el saludo al sol. Y mientras trataba de "vaciar" mi mente de los pensamientos mundanos, el más mundano de todos no se iba: los pelos en las axilas que también trataban de alcanzar el cielo (aunque en realidad apuntaban a cualquier parte) y lo poco estético que se veía. No digo que se depile, pero ¿qué le costaba usar una polera? En fin. Al menos me sirvió para distraerme, no de la forma que esperaba, pero algo es algo. Lo que sí tengo claro es que la próxima vez me aseguro en un puesto desde la segunda fila hacia atrás, por si acaso.

martes, 7 de febrero de 2012

Fin de año

Se fue el 2011, hace rato ya. Fue un año de cerrar procesos, agotador. Delta terminó su doctorado (a 1 año del "fin del mundo"). Nosotros nos volvimos a cambiar de casa y esta vez espero que sea nuestro lugar definitivo, al menos por un par de años; que dos mudanzas en 1 año fue como mucho. Entre Navidad y Año Nuevo estuvimos empacando, moviendo cosas, desempacando, tratando de organizar. Ya estamos a mediados de febrero y seguimos ordenando, organizando... hay cosas que toman el doble o el triple de tiempo con un chiquitín de 2 años que ayuda a su manera.
Mis expectativas para este año, nada en especial. De hecho espero que sea un año tranquilo. Hay cosas que me gustarían, claro, como 1 semana de vacaciones en el Caribe, con una nanny incluida para que entretenga al chiquitín mientras nosotros descansamos. Sería rico, ¿no? Mientras tanto, creo que lo más parecido es un viaje a Chile que se nos viene en abril, para visitar a la familia y los amigos, ojalá descansar un poco y cargar las pilas para el resto del año.  


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Tus cartas

Encontré tus cartas en un cajón. Nunca pensé que las guardaría por tanto tiempo, pero ahí estaban. Todas juntas en una bolsa de papel, ordenadas por fecha. No sé por qué las guardé. En todos estos años no he vuelto a leerlas. Para qué, si me las sé de memoria. Y ahí están, todas con estampillas (nunca te gustaron los sellos de correos, los encontrabas demasiado impersonales). A cambio, yo te mandaba postales de los países que visitaba. Nunca fui buena para escribir más de tres líneas. Me pregunto por qué preferiste recorrer el mundo a través de mis ojos y no conmigo. El mundo ni siquiera es tan grande como dicen. Nos encontramos un par de veces, ¿te acuerdas? De casualidad, eso que no creo mucho en las casualidades. La primera vez fue en esa tienda de discos usados, siempre íbamos los sábados en la mañana a buscar música alternativa. Mientras más desconocidos los grupos, mejor. La otra vez fue cerca de tu casa. Estaba esperando el bus y te vi pasar. Te hice una seña. Nos quedamos conversando una eternidad. Se me pasaron como 20 buses, pero no importó. Hasta se me olvidó a dónde iba. Tu casa. ¿Cómo olvidarla? Siempre has vivido ahí. Podría llegar de memoria: es la tercera desde la esquina, la que tiene los geranios en el antejardín. A tu mamá le encantaban.  Nunca quisiste vender la casa y te quedaste ahí.  Siempre buscaste la estabilidad: una dirección fija, un trabajo estable, una vida estructurada de principio a fin. En cambio yo, siempre me quise ir, estar en movimiento.

Ahora estoy haciendo maletas de nuevo y tus cartas me pesan. Ya no las puedo seguir llevando conmigo, necesito liberar espacio. De verdad. Y me apena dejarlas, pero ya he pasado demasiados años cargando con el peso de una vida que no fue. Es curioso, somos tan parecidos y tan distintos a la vez.


Te escribo esta carta y no espero respuesta. No hay dirección en el remitente. No fue un error, es sólo que una vez más empaco mis cosas y no sé bien a dónde voy. Quiero seguir viajando, conociendo el mundo. Sé dónde encontrarte y tú sabes que estaré bien. Y quién sabe, quizás algún día la vida se encargue de juntarnos otra vez... eso que no creo en las casualidades.

jueves, 1 de setiembre de 2011

Supermamá

Si usted cree en Supermamá, lamento informarle que no existe. Está en la misma categoría de Superman, Batman y la Mujer Maravilla.

Supermamá es un personaje ficticio, creado seguramente para incentivar la conservación voluntaria de la especie y fortalecer la idea de que es posible el "multitasking": trabajar, preocuparse de la casa, cuidar a los hijos, tener vida de pareja, hacer deporte, etc. y funcionar al 100% en todo. Desafortunadamente, tener hijos no gatilla una mutación genética que otorga superpoderes.


El otro día leí un artículo en que se afirmaba que las mujeres con una visión realista, que no creían ser Supermamás, tenían menos riesgo de deprimirse. Excelente. Ahora, si usted cree que sí es Supermamá y no está deprimida, seguramente es porque no trabaja, tiene alguien que la ayuda con las cosas de la casa, está divorciada, no hace deportes o simplemente sus hijos están tan grandes que ya pueden valerse por sí mismos. Así cualquiera. Pero para el resto de los mortales, repito: Supermamá no existe.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Nombres, lugares y fechas

La historia nunca fue mi fuerte. Eso de aprender nombres, lugares y fechas nunca me convenció. "Léela como un cuento", me decían, pero fue en vano. Recuerdo en el colegio, cuando llegaba fin de año; como mis notas no eran las mejores siempre tenía que dar examen. Y obviamente entraba "todo lo que hemos visto en el año". Crisis de pánico. Cada vez que abría el libro para estudiar, lo único que veía eran nombres, lugares y fechas, que flotaban y se mezclaban unos con otros. En las noches dormía con el libro debajo de la almohada, en un intento casi poético de que la materia entrara por osmosis en mi cabeza. Al final, algo entraba... no sé si por ese método.

Ahora que todo eso está años luz atrás, me encuentro con la sorpresa de que tengo que recordar nombres, lugares y fechas... ¡canadienses! Como parte de la postulación para la ciudadanía se contempla rendir (y aprobar) un examen de conocimientos de historia y geografía canadiense. Acabamos de recibir el librito y de sólo leer algunas preguntas de ejemplo, me dan ganas de llorar: ¿Quién fue Sir Louis-Hippolyte La Fontaine? ¿Quiénes fueron los fundadores de Canadá? ¿Qué significa la palabra "inuit"? 

Ah... tantos recuerdos non gratae que se me vienen a la cabeza. Ya pronostico noches de insomnio aprendiendo sobre el descubrimiento de Canadá, las guerras, las provincias, el Parlamento, los personajes destacados... por suerte este libro tiene solo 64 páginas, cabe perfecto debajo de la almohada y se reducen al mínimo los riesgos de despertar con tortícolis. De una forma u otra, algo entrará ¿o no?


 

martes, 9 de agosto de 2011

Fast Forward

¿En qué minuto se volvió la vida tan apurada, tan urgente, tan de última hora que no tengo tiempo para nada? ¿En qué minuto dejé de hablar con mis amigos porque podía seguirles la vida en Facebook (y pensé que eso estaba OK)? ¿En qué minuto dejé de tener tiempo para tomar desayuno en la casa y me acostumbré a agarrar un cappuccino en el Starbucks que queda en la pasada a la oficina? ¿En qué minuto dejé de hacer yoga, leer un libro, escribir en mi blog? ¿En qué minuto alguien le apretó Fast Forward a mi vida y no me dijo? 

Dicen que nunca es tarde: acabo de accionar el freno de emergencia; que si la vida es una película, es mejor verla en tiempo real. 

martes, 15 de febrero de 2011

La vida es extraña

La vida es extraña y da muchas vueltas... en espiral, por suerte; que si era circular me pegaba un tiro. Y eso de que todos los caminos llevan a Roma es totalmente cierto. Lo que no entiendo es por qué parece que siempre tomamos el camino más largo, sin pavimentar, mientas otros encuentran un atajo. Cosas del karma, supongo. ¿A qué viene todo esto?

Hace un mes ocurrió algo que provocó un efecto dominó: después de seis años arrendando el segundo piso de una casa, los dueños decidieron que nos teníamos que ir, para que su hijo recién casado viviera con ellos en la casa. Nos tomó de sorpresa, en el peor momento posible: Delta con mil cosas por la tesis, yo trabajando a tiempo parcial, el Pequeñín recién empezando a ir a un daycare que nos quedaba cerca... y ahora ¡a buscar casa! Nos dieron dos meses y, cosa curiosa, encontramos un lugar a los cinco días. Fue raro, porque fue uno de esos días en que nada resultó como lo habíamos planeado: Fuimos a cambiar algo a una tienda y estaba cerrada. Estábamos por volver a la casa y Delta dijo que fuéramos a pasear a la playa. Volvimos más tarde a la tienda y luego nos fuimos a la casa por una calle que no es necesariamente nuestra ruta típica. Y en eso estábamos, viendo lo lindas que eran las casas por ahí, cuando encontramos un aviso: "Se arrienda, dos dormitorios" y un teléfono. Llamamos. Contesta el dueño, no muy convencido porque teníamos un baby y menos convencido porque teníamos un gato, pero accedió a mostrarnos el lugar. El Pequeñín se portó de lujo, le caímos bien al dueño y en ese minuto lo del gato fue lo de menos. Vimos el lugar, era lo que andábamos buscando. El dueño nos comenta que recién había puesto el aviso. Nos gustó y en la tarde firmamos contrato.

Ya estamos instalados en la casa nueva, el Pequeñín tiene su propio dormitorio (ya era hora) y le encanta, hasta duerme mejor. Nosotros dormimos mejor, la ubicación es mejor, el espacio es mejor... era un paso que teníamos que haber dado hace tiempo, pero por dejados no lo hacíamos. Ahora que nos obligaron a buscar casa se fueron dando las cosas una tras otra. Porque pudimos ver las "horripilanteces" que arrendaban por el mismo precio; porque en ese día extraño encontramos lo que andábamos buscando. Si la tienda hubiera estado abierta nunca habríamos visto este lugar. Si lo hubiéramos leído en los clasificados, lo habríamos ignorado porque decía "sin mascotas". Y cosa curiosa... desde que nos cambiamos las cosas se han ido por un tubo, a diferencia del lugar antiguo, donde parecía que las energías se hubieran estancado. 


En ese sentido, no podemos estar más agradecidos. Gracias a nuestros ex arrendadores por forzarnos a buscar (y encontrar) el lugar que necesitábamos. Quién lo hubiera pensado. Ahora me gustaría que las cajas desaparecieran por arte de magia. Ah...


PS: Las visitas siguen teniendo derecho al futón en el living. Estamos esperando ganarnos la lotería algún día para poder financiar una pieza de alojados.  


 

sábado, 13 de noviembre de 2010

Volví

¿Hace tanto que no escribía? Ya estamos de regreso en Vancouver, después de 1 mes en Santiago, en septiembre. Regresamos hace más de 1 mes. Me costó volver.

El viaje en avión con el Pequeñín no fue la mejor experiencia. No tanto por él, sino por la cantidad de horas y lo cada vez más incómodos que son los asientos de avión. Mi estadía en Chile no alcanzó para el título de "vacaciones" y menos aún, descansadas. Nuevamente, no fue por la falta de ayuda, sino por el bombardeo de opiniones, el ajuste a otros horarios, otras rutinas, etc., además de todos los trámites que tuve que hacer. Sin mencionar la falta de movilidad que tenía... se me olvida que Santiago es tan grande, que en 20 minutos no se llega a ninguna parte, que el transporte público con bebé en brazos es casi impensable. 

Además de todo, me enfermé. El poco dormir, el stress del viaje, de saber que a la vuelta empezaba a trabajar y Santiago en sí mismo que exhuda estrés... todo eso me pasó la cuenta. 


Ah, Santiago. Ya no es la misma ciudad que dejé hace ¿casi ocho años ya? Uf, cómo pasa el tiempo. Está cada vez más grande, más estresada, más llena de gente, más agresiva. Ya no la reconozco. Tampoco me ubico. Hay tantas carreteras nuevas que necesito un guía. O un buen mapa. 

Los amigos de siempre, nada que decir. Siempre son los mismos, que se hacen un tiempo en su agenda. Me faltó ver a algunos, tuve que cancelar una junta porque estaba tan débil de un ataque de vértigo que no iba a llegar ni a la puerta. Fue de última hora. Por eso mismo casi no viajo, pero la sola de idea de quedarme atrapada en Santiago me atacaba. 


Como dije, me costó volver, pero ya estoy de regreso. Más recuperada, de vuelta al trabajo y, sobre todo, más tranquila. Ojalá existiera la teletransportación para el próximo viaje o en una de esas nos podemos juntar en un punto intermedio... ¿alguien propone algún destino? 

lunes, 12 de julio de 2010

Días de verano

En Vancouver no se puede hablar de temporada de verano. Están las fechas oficiales, del 21 de junio al 21 de septiembre, pero en la práctica, el verano dura sólo unos días. El buen tiempo se concentra en julio y agosto: la mitad de los días llueve, las temperaturas no suben de los 20 grados (24 con suerte), pero a veces, por algunos días, se puede sentir el verdadero verano. Ese calor horrible que casi mata. Y el termómetro no se revienta, con suerte alcanzamos los 28 grados Celsius, pero gracias a la humedad (¿o por desgracia?) la sensación térmica es de 30, 32 o incluso más. Acabamos de tener una semana así y sobreviví. 

El año pasado a la fecha casi me morí. Estaba con una panza gigante de 7 meses, soportando una ola de calor que parecía no terminar nunca, con ventiladores por toda la casa que parecían de juguete, porque llegó un punto en que daba lo mismo si estaban encendidos o apagados. Este año no iba a repetir la historia: compramos un sistema de aire acondicionado.

La decisión no fue fácil, sobre todo porque era una inversión para usar sólo algunos días del año, ni siquiera para toda la temporada. Pero ahora somos tres y no quería arriesgarme a terminar con el Pequeñín en el hospital por un golpe de calor. Compramos un aire acondicionado "portátil", que en realidad no lo es tanto: más que nada significa que no hay que instalarlo de forma permanente en la ventana. Lo instalamos en el dormitorio y cuando llegó el calor... ¡qué diferencia! Dormir con 23 grados mientras en el resto de la casa la temperatura alcanzaba los 31, con todas las ventanas abiertas y los ventiladores funcionando, priceless


El calor fuerte duró cinco días, hoy desconectamos el aire y abrimos la ventana. No mucho, porque hay temporal de viento. La temperatura está de lo más agradable. Capaz que vuelva el calor, capaz que no, pero esta vez no me importa: estamos preparados.

 

viernes, 11 de junio de 2010

Have baby, will travel

Hace rato que estamos pensando en hacer un viaje a Chile, más que nada para la presentación en sociedad del Pequeñín. Ya le sacamos pasaporte, falta afinar algunos detalles, definir fechas y comprar el pasaje. Al parecer me tocaría viajar sola, mientras Delta se concentra en terminar su doctorado. Así están las cosas por el momento, veamos qué pasa más adelante. 

De sólo pensar en las 17 horas entre aviones y aeropuertos con el enano a cuestas me dan escalofríos. Si a eso le agregamos cargar con maletas, coordinar sus horarios de comida, de juego y de siesta, y estar pendiente de todos los documentos que tengo que llevar, la verdad es que el panorama desanima a cualquiera. Lo peor es que las cosas no terminan ahí. Si me voy por un mes completo, llegando allá voy a tener que armar casa de nuevo: necesito silla para el auto, silla de comer, cuna y un sinfín de otras cosas que podría obviar si se tratara de un viaje más corto. ¿Qué hago? ¿Dónde las consigo? 

Acá hay una empresa que se dedica a arrendar artículos para bebés (sillas para el auto, coches, cunas, hasta juguetes). La encontré de casualidad, ya que nuestro retoño ya no cabe en la sillita para el auto y como por ley deben ir mirando hacia atrás hasta que cumplan 1 año, tenemos que comprar otra. En dos semanas vamos a hacer un viaje a Vancouver Island, sólo por el fin de semana y no tenemos tiempo de comprar la silla. Por 7 dólares diarios vamos a arrendar una y comprar más adelante con calma. Excelente idea, ¿no? Ya busqué si había algo parecido en Chile (específicamente en Santiago) y no encontré nada. 

Si alguien tiene un buen dato, que me avise. Si alguien encuentra que una idea así pegaría en Chile, que se apure en concretarla.

domingo, 30 de mayo de 2010

Primeros auxilios

Acabo de volver de un curso de primeros auxilios para bebés y niños de la Cruz Roja, el próximo domingo toca la segunda parte (son 8 horas y media en total).

El curso es bien completo (abarca desde cómo tratar una hemorragia hasta qué hacer en caso de asfixia, pérdida de conciencia, etc.) y me decidí a tomarlo para saber cómo actuar ante una emergencia. Nunca se sabe, sobre todo con niños. Ahora, claro... la pregunta del millón de dólares es si tendré la cabeza fría para actuar llegado el momento.

La instructora se encargó de amenizar el curso dando un ejemplo más terrible que el otro, mientras yo estaba con un nivel de ansiedad galopante, pensando que absolutamente TODO, dentro y fuera de la casa, es peligroso: remedios, productos de limpieza, plantas; objetos pequeños, alimentos que pueden bloquear la tráquea; cocina, enchufes, ventanas abiertas, escaleras... la lista es eterna. La buena noticia, es que en sus casi 30 años de experiencia dictando cursos, ha tenido que usar sus conocimientos sólo un par de veces. La prevención es clave.

Pensar que lo máximo que sabía sobre primeros auxilios era cómo poner un parche curita... hasta ahora. 

miércoles, 26 de mayo de 2010

Volver al colegio

Los que me conocen, saben que uno de mis sueños recurrentes es que vuelvo al colegio. Y cada vez que vuelvo, me encuentro con alguien que me pregunta: "¿Estudiaste para la prueba de historia/matemáticas/biología?" (siempre es cualquier materia menos artes plásticas). O que tengo que dar un examen, o que me hacen una interrogación sorpresa. Obviamente nunca sé nada. Es raro, porque no recuerdo haber tenido una pasada traumática por el colegio.

Hace un par de noches, tuve el sueño más insólito de esta temática. Alguien estaba revisando mi curriculum y me decían que no había hecho prekinder, que era un problema y que iba a tener que repetir el curso. ¿Repetir prekinder? ¿A estas alturas? ¿Me iban a evaluar por apilar anillos, cubos, reconocer los colores? "Sí", me decían. Yo reclamaba, que no tenía sentido, que era ridículo a estas alturas, que no era posible... y al final ahí estaba, sentada en una sillita minúscula, junto a mis compañeros de clase que me llegaban a la rodilla. Me hacía amiga de una niñita que me ayudaba a arrancarme al casino "de los grandes" a la hora de almuerzo, porque la colación de los chicos me quedaba en una muela.

Ahí me desperté, aliviada por un lado y abrumada por otro, pensando que, indirectamente, esta vez sí que voy a volver al colegio con el Pequeño y voy a tener que estudiar todas las materias de nuevo, incluida la historia canadiense y más encima ¡en inglés! Por suerte, todavía faltan algunos años.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Lo que viene fácil...

Versión moderna de la fábula "La lechera", en prosa, adaptada al siglo 21.

Hace mucho, mucho tiempo, en un lugar donde los inviernos son largos y lluviosos y donde se planifica todo con años de anticipación, vivía una pareja joven, sin hijos (y sin planes de tenerlos todavía).

Un día, la feliz pareja supo que los Juegos Olímpicos de Invierno llegarían a su ciudad. ¡Cómo perder la oportunidad de ver algo tan único! Sin pensarlo dos veces, compraron boletos para algunos juegos: biatlón, hockey y snowboard. Se sintieron afortunados, ya que muchas personas no consiguieron entradas.

Cuando por fin llegó febrero del 2010, sus vidas habían cambiado: eran los felices padres de un Pequeñín de 5 meses, al que no podían llevar a los eventos al aire libre. Así, tuvieron que vender los boletos para la final de snowboard.

Con gozo descubrieron que en el sitio oficial del los JJ.OO. se podían vender de manera segura y a un precio increíble, que había gente dispuesta a pagar 10 veces el valor de los boletos. Los pusieron a la venta un día a las 3 de la tarde, a las 4 ya estaban vendidos por 1600 dólares (unas doce veces el valor). ¡Qué alegría! Pensaban en todo lo que podían hacer: ¿vacaciones en México? ¿un viaje en tren? ¿una escapada a la Isla? ¿A la montaña? ¿Al campo? ¿O mejor un notebook nuevo? Que sean dos.

Tanta felicidad no podía durar: el sol les jugó una mala pasada y se canceló el evento por falta de nieve. Todas las transacciones se anularon y tuvieron que despedirse de las vacaciones en México, del viaje en tren, de la Isla, de la montaña, del campo y del notebook nuevo. Adiós, adiós.


Nota: El reembolso del boleto original apareció en el último estado de cuenta de la Visa. No perdieron, pero tampoco ganaron.


FIN
"No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna;
que vivirás ansiosa,
sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles impaciente el bien futuro:
mira que ni el presente está seguro".


miércoles, 28 de abril de 2010

Madre hay una sola

Y aquí estoy, aprovechando que el enano está durmiendo (aunque sea por un rato) para escribir un par de líneas.

La verdad es que lo del ave Fénix fue un poco pretensioso... todavía no he podido pasar de las tres primeras páginas de mi libro, pero tengo la esperanza de terminar de leer aunque sea un cuento (ahora me dedico a leer historias cortas, las neuronas no me dan para una novela completa).

Me quedan 5 meses de post natal y todavía no sé si mi cerebro va a estar funcionando en su máxima capacidad para volver a trabajar. Hace casi 1 mes que acepté un trabajo de traducción y todavía no empiezo, por suerte no tenía plazo de entrega. Y por más que trato de tener una rutina, de fijarme metas diarias (de lo que sea), cuando por fin llega la noche pareciera que el día se deshizo en nada. Por ejemplo, hace 2 semanas tenía que echar una carta al buzón que queda en la esquina... recién hoy se fue. Estuvo descansando en mi escritorio dos semanas completas, con la estampilla puesta.

Ahora Delta es el que me trae noticias del exterior: desde cómo está el tiempo afuera, hasta lo que pasa en el mundo. Mientras tanto, yo le informo de la nueva marca de pañales que encontré, de lo que comió o no comió el Pequeñín, si durmió siesta, etc.

En el día de la madre, creo que voy a dejar al hijo con su padre y me voy a celebrar sola (todas las madres del mundo deberían hacer lo mismo). Por lo pronto me voy a acostar, que mañana empieza otro día. Ahhh.

domingo, 4 de abril de 2010

El regreso

Llevo días (por no decir meses) tratando de escribir, pero cada vez que empiezo unas líneas, pasa algo: llanto, comida, cambio de pañal, juego, siesta, etc., una y otra vez. ¿Quién dijo que la vida como padres era fácil? Lo peor de todo ha sido la publicidad engañosa, por ejemplo, cuando me dijeron que los bebés duermen todo el día (o que se duermen en la silla del auto, o en el coche, ¡o en cualquier parte!); o que después de los dos meses van espaciando sus comidas (sí, claro. Tal vez ahora que ya tiene seis).

Y aquí estoy, cual ave Fénix, resurgiendo de las cenizas, tratando de retomar las riendas de mi vida o, más bien dicho, tratando de reinventarme. Es que ya nada es igual que antes. Recién ahora empecé a leer un libro entretenido que no tiene nada que ver con bebés. Recién ahora pude hacerme un tiempo e ir al dentista (control de rutina, todo OK). Recién ahora pude sentarme a escribir en mi blog.

Ahora tengo que ver sobre qué voy a escribir. "Un hijo te cambia la vida"... no podría estar más de acuerdo.

viernes, 13 de noviembre de 2009

¡Es un niño!

Hace tiempo no escribía. Eso de que la maternidad te cambia la vida es totalmente cierto. Desde que nació nuestro retoño en septiembre perdí la noción del tiempo: un sábado puede ser perfectamente un lunes o un miércoles; mi vida gira en torno a pañales, papas y breves períodos de sueño, en ciclos que parecieran no acabar nunca; gracias a esto, mi cerebro se achicó hasta quedar del tamaño de un maní (sí, el famoso baby brain). Y así es como me he pillado echándole agua a la tetera con la tapa puesta, guardando las cosas en los cajones equivocados, etc. Después de eso, ya me considero peligro público y he limitado mis salidas al mínimo. No vaya a ser que cruce la calle con luz roja o que pague las compras con billetes de Metrópolis.

Por suerte existen las compras por Internet: fácil, seguro, a un solo clic. Sin querer me he estado volviendo adicta: desde algo tan doméstico como bolsas de repuesto para la aspiradora, hasta libros e incluso un colchón para la cuna que ordené directo desde Estados Unidos (y aún así salió más barato que en la tienda local).

Lo último que compré fue ropa interior. Nada de ir a la tienda, esperar que se desocupe un probador, hacer fila para pagar, etc. En cambio, fui a la tienda virtual y en cinco minutos estaba lista. Hasta aquí todo perfecto, si no fuera porque no me llegaba el correo de confirmación. Cinco, diez, veinte minutos y todavía nada. Raro. Revisé mi orden de compra y descubrí con horror que me había equivocado al ingresar mi dirección de correo electrónico; un guión de más y la orden completa le llegó a otra persona. ¡HORROR! Un perfecto extraño (¿o extraña?) que ahora sabe mi nombre, mi dirección y, lo peor de todo, ¡la talla de mi ropa interior! A estas alturas el robo de identidad me daba lo mismo (aunque por suerte no incluyen información de la tarjeta de crédito). Muerta de vergüenza, le escribí a la persona en cuestión pidiéndole que me reenviara el correo de confirmación... y lo hizo; además se lo tomó con humor. Gracias, Andrea B. A todos nos pasa de vez en cuando.

viernes, 31 de julio de 2009

¡Calor!

Ah, el verano en Vancouver. Tengo que confesar que me reía sola cuando contaba que nuestro baby nacería en septiembre y me llegaban miradas de lástima y palabras de aliento por el veranito que iba a pasar. Me reía, porque el verano en Vancouver dura prácticamente un mes (julio) y las temperaturas son bastante moderadas. En días de mucho calor el termómetro sube a 24ºC. El agua de mar es gélida (para mi gusto) y por eso las piscinas al aire libre son temperadas (sí, en pleno verano). Hasta hace poco, yo era feliz yendo a yoga dos veces por semana, a la piscina después del trabajo, luciendo mi panza gigante al sol y deseando que el verano no se acabara nunca. Hasta hace poco, no sabía lo que era tener los pies hinchados o no poder dormir por el calor. Hace unos días, en cambio, lo único que quiero es que llueva y que el sol se ponga más temprano.

Desde la semana pasada estamos con una ola de calor en Vancouver, con temperaturas sobre los 30ºC, humedad altísima y, gracias a eso, una sensación térmica de 40ºC. Ah, ¿mencioné que no hay nada de viento? El calor se siente al sol y a la sombra; además, no existe una cultura de aire acondicionado en las casas porque la temperatura nunca sube tanto y menos se mantiene por tantos días seguidos. Estuve trabajando tres días desde la casa porque no podía salir ni a la esquina y ahora estoy yendo a la oficina sólo por la mañana para evitar el calor del bus a las 4:30, un infierno. La gente anda de mal genio porque no hay forma de dormir en la noche; nosotros estuvimos a punto de instalar la carpa en el patio. Me tuve que olvidar del yoga e incluso de la piscina, porque la fila para entrar es eterna.

Cada cual se las arregla como puede para combatir el calor, aunque debo confesar que, hasta ahora, hay dos prácticas que me han llamado la atención. La primera, es algo que vi el otro día cuando tomé el bus en la mañana en dirección al trabajo: en el balcón de una casa había un tipo durmiendo, tan relajado, que hasta tenía una pierna colgando por la baranda. Fue hasta simpático y me dieron ganas de haber tenido balcón para hacer lo mismo. La segunda historia es un poco más terrorífica: una señora en el bus saca una toalla pequeñita de su cartera y ¡se la pasa por las axilas! Unas dos veces por lado. Lo peor de todo es que no terminó ahí, sino que después se la pasó por la cara y el cuello. ¿Por qué tenía que hacerlo en el bus, a vista y paciencia de todo el mundo? ¿Necesitaba un público gratuito? O por último, ¿por qué no se le ocurrió limpiarse la cara primero y las axilas después? Parece que el calor realmente confunde las ideas. Como decía, ojalá llueva pronto.